sábado, 15 de septiembre de 2007

Poemas de Paolo Astorga


TANGO MALVA


Copas estallando eternamente en silencio.
Mil bocas soplan tus cabellos y mis vacíos se llenan de ceniza.
Tus brazos se alzan y brota un bosque triste ascendido en la memoria
del piso secreto
sobre la oscura danza eterna que te mueve los pies,
que te hace gritar las llamas que arden los trajes
que arden las sombras que se pierden en tus ojos malva
que nunca te han dejado respirar.
Son una utopía tus labios, mientras las bestias queman sus gargantas
y borran tus huellas,
tus palabras asechando una copa vacía en el cemento.
Bailas, bailas, caes al piso,
y tu sombra
atrás
ya se ha aventado al vacío, y no has podido llorar
no has podido oír siquiera la infinita acequia que recorrió en algún momento
tu ternura.



NO SÉ SI SOY YO EL QUE TE LLEVA DE LA MANO



No sé si soy yo el que te lleva de la mano
hasta aquella montaña en llamas.
No lo sé hasta llegar a sangrar mis lágrimas
y ver tu rostro jugar a buscar una palabra
para abrir una ventana rota,
y ver tus rodillas dañadas por la sombra que revela tu distancia.
No sé si aún respiras
o si ya has acabado de pintar con tu sudor las figuras verdes
que volaron cual palomas vencidas hacia un árbol.
Aún no entiendo tu silencio que aprieta mi correa.
No sé por qué no vuelas
por qué no puedes caminar por estas calles
sin mirar hacia atrás y recoger eternamente tus huellas.
No sé si te estoy tomando de la mano, ni si soy yo
el que se está disolviendo en esta nube de polvo.
Mis ojos parecen ceder otra vez
a la misma tonada que enfría tus pómulos,
mientras caminamos desnudos y con hambre
hacia la orilla salvaje de un dedo.


BOCACALLE


La luz no se extiende
es como una montaña lejana desde nuestras manos.
Un cuerpo que asciende entre nosotros
un pequeño tiritar del agua del río
donde no hay sino palabras
y nuestras antiguas voces que queremos atrapar nuevamente.
Dos maderas cruzadas
son como una señal
que nos llega a abrir los ojos
y que luego se consume en el fuego de la hoguera solitaria, fría.
Dos hombres
se miran apuntándose con dos revólveres.
Saben que uno debe morir
que las lágrimas
ya no volverán a hacer crecer las flores nuevamente,
porque de sus hombros nacen los hilos invisibles
que todos notan
pero que callan por temor a ser expatriados hacia
los basurales.

Pues, desde esa espada de plástico,
bajo esta ciudad,
te das cuenta por fin
que eres sólo un simple pronombre
que se olvida sin descanso.

1 comentario:

Pluma de Carne dijo...

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